En plena crisis existencial con las redes sociales me crucé con un video rarísimo: una entrevista a un artista callejero que daba la nota con una máscara de payaso de plástico, bien trucha, y hablaba de la Iglesia Maradoniana Décimo Día, en Mendoza.
Me vi la entrevista entera. Era, efectivamente, una capilla abandonada que algunos artistas callejeros mendocinos —fanáticos del Diego, como toda persona de bien— habían tomado e intervenido, cada uno con su estilo, pero con una misma musa inspiradora: EL DIEGO.
Primero dudé de que fuera real. Después pensé “andá a saber dónde queda”. Y hasta dudé de si sería seguro caer ahí de la nada.
Por suerte, cada tanto mi timeline de Twitter (me niego a decirle X) se llena del Diego, y a veces Instagram lo sigue. Estos últimos días el 10 estuvo muy presente. Incluso me compré una medallita para sumar a mi cadena, que siempre usé sola, sin dijes ni colgantes. Fui a un local por una camarita de fotos que había visto online y terminé saliendo con una del 10 y la bandera argentina. Señales.
Entre todo eso y un sábado tranquilo y medio aburrido, una foto me hizo acordar y me puse a googlear qué onda esa iglesia maradoniana de Mendoza.
Resulta que aparece en Google Maps. Y tiene varias reseñas positivas.
Decía que estaba a 25 minutos de casa. Así que saqué la camioneta, cargué la cámara, sumé otra chiquitita nueva que tengo y me fui.
Si no vas con Maps, la pasás de largo. Es una mini iglesia destruida y abandonada, que solo tiene como identificación una “placa de azulejos” celeste y blanca al lado de la puerta principal, medio tapiada, que dice:
“Iglesia Maradoniana Décimo Día – Agrelo”.
Después de dudar un poco, me bajé. Primero sin la cámara. Ni siquiera cerré del todo la camioneta. Posta que podía ser refugio de alguien, y la idea no era joder a nadie ni pasarla mal.
Pero ni bien rodeé el frente y entré por el costado, me di cuenta de que estaba solo. Y corrí a buscar la cámara porque no podía creer dónde estaba.
Y ahí salieron las fotos. Una atrás de la otra. Caminando con cuidado entre escombros y algo de basura —señales de que efectivamente alguien lo usa de refugio—.
Primero descubrí cada obra y cada detalle.
Después los efectos de luz de las ventanas rotas y el techo destruido.
Después el caos del abandono y el milagro de algunas remeras y pinturas todavía intactas.
La energía del lugar merece un texto aparte que no sé si soy capaz de escribir. Una locura. Una sensación rarísima. Difícil de explicar y que, me animo a decir, supera incluso al fanatismo.
Después de varias fotos, algún video y un rato largo mirando sin cámara, me decidí a volver a la camioneta.
Antes de salir, algo me llamó la atención: una especie de póster chiquito, pegado en una pared, bastante más alto que la línea de los ojos. Tenía estética de tarot. Se veía el Diego con la bandera argentina y, donde debería decir el nombre de la carta, decía:
“La Lealtad”.
Lo miré desde abajo. Sin moverme, levanté la cámara y disparé.
Cuando miré el visor, la pantalla decía: FULL.