“La fotografía es una respuesta que tiene que ver con el reconocimiento momentáneo de las cosas. De repente estás vivo. Un minuto después no hay nadie. Acabo de ver cómo se evapora. Miras en un momento y hay de todo, al momento siguiente se va. La fotografía es muy filosófica”.
    Joel Meyerowitz.

    Cada tanto, salgo por mi barrio con la cámara simplemente a ver que encuentro.
    En este caso fue doblemente así, porque por la cámara que llevé, solo pude ver las fotos al «revelarlas» en la compu, ya que no te permite hacerlo desde la pantalla integrada.

    Si bien anduve por los mismos lugares por donde suelo pasar corriendo, caminando o en auto varias veces por semana, cuando estoy con la cámara se activa involuntariamente otra manera de ver el entorno.
    Se logra un buen estado de abstracción de problemas y situaciones, que considero tiene que ver con poner toda la capacidad en eso.

    Es muy linda la sensación de descubrir algo en términos generales, pero puedo asegurar que me gusta más aún cuando ese algo estaba ahí adelante, cerquita y todavía no lo había disfrutado.

  • «Las fotos son un puente entre dos momentos: cuando fueron tomas y cuando son observadas».

    📷👉🏽 Estas fotos me gustan por más de un motivo y el principal no es algo técnico sino la historia de como y cuando las tomé.

    Fue en mi 1er viaje realmente solo, luego de un momento duro, en NYC.
    Estuve 11 días dudando si comprar o no un lente fisheye en el famoso B&H, por miedo a como traerlo a Argentina y si me alcanzaba la guita.
    Finalmente, 1 día antes de volverme fui y lo compré.
    Esa misma tarde llegué al departamento en que me hospedaba, lo abrí, lo puse en la cámara (una Nikon d610) y emocionado dije «tengo que salir a probarlo».
    Ya era de noche y para colmo llovía, pero igual salí esa última noche a testear la compra.
    Noche, lluvia y foco manual era todo un desafío, así que camine todo lo que pude por el barrio buscando y disparando a lo que creía más interesante.
    Cuando volví y pude verlas, quedé muy contento con algunas de las tomas y me reproché fuerte no haber comprado el lente el día 1 y llevarlo conmigo a todos lados.

    Ayer, revisando fotos para un laburo, encontré todas las de ese viaje y por un ratito me fui de nuevo, especialmente a esa última noche que fue, a la distancia, espectacular.

    Hace unos 3 años empecé a correr un poco más enserio.
    Todo fue para poder mantenerme en estado para la temporada de montaña.
    Como me funcionó, seguí.
    Correr es aburrido. No tiene nada de lindo. Salvo el resultado. Y no hablo del puesto en una carrera, sino de lo que provoca en el cuerpo y a la larga, en la cabeza.

    Vinieron las carreras. Primero de calle, después de trail, que es muuuuucho más lindo y divertido.

    Pero lo que me resultó interesante para escribir esto, fue darme cuenta que corriendo descubrí lugares y vi situaciones que me llamaron la atención lo suficiente como para sacar el celu y sin detenerme, tratar de registrar.

    Así nació «Fotos a la corridas. Literal». Un titulo que firmó algunos posteos en Instagram y hoy me trae a armar esta publicación acá.

    En plena crisis existencial con las redes sociales me crucé con un video rarísimo: una entrevista a un artista callejero que daba la nota con una máscara de payaso de plástico, bien trucha, y hablaba de la Iglesia Maradoniana Décimo Día, en Mendoza.

    Me vi la entrevista entera. Era, efectivamente, una capilla abandonada que algunos artistas callejeros mendocinos —fanáticos del Diego, como toda persona de bien— habían tomado e intervenido, cada uno con su estilo, pero con una misma musa inspiradora: EL DIEGO.

    Primero dudé de que fuera real. Después pensé “andá a saber dónde queda”. Y hasta dudé de si sería seguro caer ahí de la nada.

    Por suerte, cada tanto mi timeline de Twitter (me niego a decirle X) se llena del Diego, y a veces Instagram lo sigue. Estos últimos días el 10 estuvo muy presente. Incluso me compré una medallita para sumar a mi cadena, que siempre usé sola, sin dijes ni colgantes. Fui a un local por una camarita de fotos que había visto online y terminé saliendo con una del 10 y la bandera argentina. Señales.

    Entre todo eso y un sábado tranquilo y medio aburrido, una foto me hizo acordar y me puse a googlear qué onda esa iglesia maradoniana de Mendoza.

    Resulta que aparece en Google Maps. Y tiene varias reseñas positivas.
    Decía que estaba a 25 minutos de casa. Así que saqué la camioneta, cargué la cámara, sumé otra chiquitita nueva que tengo y me fui.

    Si no vas con Maps, la pasás de largo. Es una mini iglesia destruida y abandonada, que solo tiene como identificación una “placa de azulejos” celeste y blanca al lado de la puerta principal, medio tapiada, que dice:
    “Iglesia Maradoniana Décimo Día – Agrelo”.

    Después de dudar un poco, me bajé. Primero sin la cámara. Ni siquiera cerré del todo la camioneta. Posta que podía ser refugio de alguien, y la idea no era joder a nadie ni pasarla mal.

    Pero ni bien rodeé el frente y entré por el costado, me di cuenta de que estaba solo. Y corrí a buscar la cámara porque no podía creer dónde estaba.

    Y ahí salieron las fotos. Una atrás de la otra. Caminando con cuidado entre escombros y algo de basura —señales de que efectivamente alguien lo usa de refugio—.

    Primero descubrí cada obra y cada detalle.
    Después los efectos de luz de las ventanas rotas y el techo destruido.
    Después el caos del abandono y el milagro de algunas remeras y pinturas todavía intactas.

    La energía del lugar merece un texto aparte que no sé si soy capaz de escribir. Una locura. Una sensación rarísima. Difícil de explicar y que, me animo a decir, supera incluso al fanatismo.

    Después de varias fotos, algún video y un rato largo mirando sin cámara, me decidí a volver a la camioneta.

    Antes de salir, algo me llamó la atención: una especie de póster chiquito, pegado en una pared, bastante más alto que la línea de los ojos. Tenía estética de tarot. Se veía el Diego con la bandera argentina y, donde debería decir el nombre de la carta, decía:

    “La Lealtad”.

    Lo miré desde abajo. Sin moverme, levanté la cámara y disparé.

    Cuando miré el visor, la pantalla decía: FULL.

  • A veces me cuestiono si algunos tipos de fotografía deberían llamarse también fotografía o si son algo más.
    Con el MACRO me pasa un poco eso.

    A lo largo de mi vida he tenido algunos lentes macro. Nada muy pro ni muy sofisticado, pero me hicieron tomarle el gustito.

    Hace poco volví al team Nikon, con una d7500 y eso me dio la chance de conseguir lentes usados a buen precio. Obvio, encontré un 60mm f2.8 Macro y después de mirar algunos videos y leer un poco más sobre el tema, «salí» a investigar mi casa desde una óptica totalmente distinta.

    Y cuando digo que la fotografía macro te cambia el punto de vista, no hablo solo de las tomas resultantes. Lo digo por el proceso que requiere: desde revolcarte por el piso hasta meterte en lugares de forma extraña, e incluso desafiar tus propios miedos, como en mi caso a las arañas, motivado por ver las cosas de otra forma.

  • Cada tanto entro en una pausa con la fotografía. En realidad eso es mentira. Al menos desde un punto de vista no es 100% cierto. Porque con el celu todos los días saco más de una foto. Si, todos los santos días.
    Pero me refiero a algo un poco más pensado, o con intención. Desde «salir a hacer unas fotos» a armar algún tipo de escena cacera para ver que sale.
    Cuando me pasa eso, suelo salir de esos baches de una forma altamente capitalista: me compro algo nuevo que me incite a hacer fotos.

    No siempre es algo caro, como una cámara o lente nuevo. A veces es un accesorio, un filtro, una luz, un soporte. Y en ese variete de cosas, hace tiempo venía viendo este juguete: Kodak Chamera 1987.

    Aproveché uno de mis últimos viajes a Bs As por trabajo y la compré.

    La verdad es que lejos de estar arrepentido me ha hecho divertir muchísimo.
    Es una oda al renacer de la cultura lo-fi. Es super ocultable, y trae algo de lo que fue la vieja fotografía, ya que en la ultra mini pantalla que tiene no es posible decodificar si la foto salió bien, mal o se puede arreglar.

    Y el video es un capítulo aparte: es tener una super 8 pero tamaño llavero.

    Dicho todo esto, de cada 10 fotos 1 sirve y 9 no y solo lo podés saber cuando conectas a la compu y ves lo que sacaste.

    Si vas a buscar calidad o ser un street photographer, no es por acá. Pero si tenés un mango extra y te gusta la onda retro, recontra vale la pena.

    Para los interesados, les dejo un link amigo donde la pueden encontrar a muy buen precio:

  • Un poquito de «voyeurismo» con distintos lentes y en distintos momento.
    Es un humilde intento de fotografía callejera, pero sin salir a la calle. Por falta de tiempo, de equipo y a veces de ganas también.

    Pero igualmente es muy interesante lo que uno se puede encontrar desde su ventana, sobre todo si tiene paciencia.

  • Las carreras de autos me ponen contento y un poco sentimental.
    Pro una lado me encantan, pero hace unos 4 años me di cuenta que durante un periodo largo no les di pelota. No se muy bien por que.

    En mi casa, sin ser ultra fierreros, siempre se les dio bola, se miraba TC y TC2000 los fines de semana. F1 también.

    Incluso alguna que otra vez viajamos para ver carreras en vivo.

    Más allá de esa historia, hay algo en las carreras que es muy atrapante. La adrenalina, la competitividad, el hecho de que hacen algo que uno no puede hacer. Y si estás ahí, en vivo, el ruido y el olor de dan el toque final exquisito.

    Si a eso le sumas un paisaje espectacular como el de San Juan, te pueden quedar algunas fotos como estas en el Villicum.